The Walking Dead, Daryl Dixon - Tercera temporada: guionistas, por favor, abran un libro de historia y léanlo¡¡¡

La tercera temporada de The Walking Dead: Daryl Dixon confirma una tendencia cada vez más evidente en la industria audiovisual contemporánea: el alargamiento innecesario de las series hasta el agotamiento conceptual. Lo que nace como una idea potente, original y con personalidad propia termina, con frecuencia, diluyéndose en una sucesión de episodios que parecen existir más por inercia industrial que por verdadera necesidad narrativa. El ecosistema del streaming, las franquicias y el miedo a cerrar historias que aún generan rendimiento económico han convertido la prolongación en norma. El problema no es la duración en sí, sino la falta de renovación real. Cuando una historia no evoluciona orgánicamente, empieza a repetirse, a reciclar conflictos, a forzar giros y a inflar tramas secundarias para sostener lo insostenible. En el caso del universo de The Walking Dead, el desgaste lleva años siendo palpable. La supervivencia como metáfora ya no sorprende, la épica del desplazamiento se convierte en rutina y los dilemas morales se reiteran sin la intensidad de las primeras temporadas. En lugar de cerrar con dignidad, muchas producciones optan por expandirse horizontalmente, generando spin-offs que prolongan un universo que, en esencia, ya dijo lo que tenía que decir. La tercera temporada rodada en España de Daryl Dixon se percibe, por momentos, como un ejemplo claro de esa expansión prolongada donde la marca pesa más que la necesidad artística.

A esa fatiga estructural se suma otro problema más llamativo y muy extendido entre guionistas, su histórica dificultad para manejar con precisión contextos históricos ajenos, algo que en esta temporada se vuelve especialmente evidente al abordar España. El resultado es un batiburrillo temporal y simbólico donde todos los tópicos (desde Franco hasta las torturas de La Inquisición) parecen mezclado sin demasiado criterio. La representación de los españoles oscila entre una estética que remite a los años cuarenta —con vestuarios, peinados y ambientaciones que evocan una posguerra casi caricaturesca— y una iconografía que recuerda más a alcaldes de la revolución zapatista mexicana que a figuras propias de la historia peninsular. Esa amalgama crea una sensación de desubicación constante, desde uniformes que no encajan con ninguna cronología clara, hasta referencias ideológicas difusas con una atmósfera que parece extraída de distintos momentos históricos superpuestos. No se trata de exigir un tratado académico en medio de una ficción postapocalíptica, sino de reclamar una mínima coherencia cultural. España aparece convertida en un decorado exótico donde la historia se usa como atrezzo indistinto, agitado y revuelto hasta rozar el absurdo. La simplificación extrema, que roza lo folclórico, termina por desdibujar cualquier intención de profundidad. Cuando la ambientación histórica no está bien pensada, el espectador percibe la superficialidad, y eso debilita la credibilidad del relato. Más que un país con capas, matices y memoria compleja, la España que se muestra parece una amalgama de tópicos visuales ensamblados sin demasiado rigor.

Sin embargo, no todo en esta tercera entrega resulta cuestionable. Si algo merece reconocimiento es el extraordinario aprovechamiento fotográfico y paisajístico del territorio español. La serie encuentra en los espacios abiertos, áridos y luminosos un aliado estético de primer orden. El capítulo ambientado en Los Monegros destaca especialmente por su poderosa construcción visual, con la sequedad del paisaje, la amplitud del horizonte y la textura polvorienta del entorno generando una atmósfera que dialoga de forma evidente con la estética de Mad Max, y lo hace con notable acierto. La fotografía logra capturar una belleza desolada que encaja con el imaginario postapocalíptico, convirtiendo el territorio en un personaje más. En esos momentos, la serie parece reencontrarse con su mejor versión, menos preocupada por subrayados históricos absurdos y anacrónicos, y más centrada en la potencia visual del mundo que construye. España, cuando se le deja hablar a través de sus paisajes, ofrece una riqueza cinematográfica incuestionable. Con luces y sombras, aciertos visuales y tropiezos narrativos, la tercera temporada deja una sensación ambivalente que invita a la reflexión. Y ante ese balance irregular, solo cabe preguntarse ¿qué nos deparará la cuarta temporada? 

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