Metrópolis (1927): un vistazo a la actualidad del S.XXI en el año 1927

Metrópolis (1927), dirigida por Fritz Lang, no es solo una pieza angular del expresionismo alemán, sino el inicio de la ciencia ficción cinematográfica moderna. Nacida en el convulso contexto de la República de Weimar, la película fue una superproducción sin precedentes de los estudios UFA, con un presupuesto que osciló entre los cinco y siete millones de marcos, una cifra astronómica que casi lleva a la productora a la bancarrota. El guion fue fruto de la colaboración entre Lang y su esposa, la aristócrata Thea von Harbou, quien también publicó una novela homónima en 1926. La génesis visual del film se remonta a una visita de Lang a Nueva York en 1924, donde quedó hipnotizado por el perfil de los rascacielos de Manhattan, viendo en ellos un futuro deshumanizado. Técnicamente, el rodaje fue una proeza que duró 16 meses y empleó a más de 37.000 extras, incluyendo niños que pasaron semanas en agua fría para las escenas de la inundación. Entre sus innovaciones destaca el proceso Schüfftan, una técnica revolucionaria que utilizaba espejos a 45 grados para integrar a los actores en maquetas detalladas, creando una escala monumental imposible de lograr de otro modo en la época. Asimismo, el uso de la animación cuadro por cuadro para los efectos de luces y la exposición múltiple para la icónica transformación del robot marcaron un antes y un después en los efectos visuales. Pese a su importancia, la cinta sufrió una historia de mutilaciones trágicas; tras su estreno de 210 minutos en Berlín, fue recortada drásticamente por la Paramount para el mercado estadounidense, perdiéndose casi un tercio del metraje original durante décadas. No fue hasta 2008, con el hallazgo fortuito de una copia casi íntegra en 16 mm en el Museo del Cine de Buenos Aires, que el mundo pudo finalmente contemplar en 2010 la versión restaurada que más se aproxima a la visión original de Lang.

El argumento de Metrópolis se sitúa en una distopía vertical urbana en el año 2026, donde la sociedad está fracturada en dos estratos irreconciliables. Por una lado, una élite intelectual y económica que habita rascacielos lujosos, y por otro, una masa obrera esclavizada que sobrevive en el subsuelo manteniendo las máquinas que dan vida a la ciudad. Realmente esto mismo se puede ver hoy día, pero en lugar de en disposición vertical, en disposición horizontal. En cualquier caso, no deja de ser una metáfora de los explotados que se encuentran debajo de los explotadores. La trama se activa cuando Freder, el hijo del regente de la ciudad Joh Fredersen, abandona su idílico "Club de los Hijos" tras quedar prendado de María, una joven de pureza casi mística que cuida de los hijos de los trabajadores y predica la llegada de un "Mediador". Es decir, una especies de mesías salvador y reconciliador. Al descender a las profundidades, Freder experimenta una visión alucinatoria donde la gran máquina se transforma en Moloch, una deidad que devora humanos, lo que le lleva a rebelarse contra la indiferencia de su padre. Fredersen, temiendo una revuelta, recurre al científico Rotwang, un prototipo de "sabio loco" con tintes de alquimista, quien ha creado un robot a imagen de su difunta amada, Hel. Bajo las órdenes de Fredersen, pero impulsado por su propia sed de venganza, Rotwang secuestra a la María real y dota al robot de su apariencia. Esta María Robot, convertida en una Jezabel, la cual actúa como agente provocador, causando la perdición de los aristócratas de la ciudad y de los obreros. A estos últimos los incita a la destrucción del corazón de la ciudad, la máquina que permite el funcionamiento de la gran metrópolis. El colapso de la máquina provoca una inundación catastrófica en la ciudad subterránea, poniendo en peligro a los niños de los trabajadores, quienes son salvados in extremis por la verdadera María y Freder. El clímax culmina con el linchamiento de la falsa María en la hoguera y un enfrentamiento final en los tejados de la catedral. La película se cierra con una reconciliación simbólica entre el capitalista (la cabeza) y el obrero (las manos), sellada por el amor (el corazón) en la figura de Freder, una solución ideológica que Lang lamentaría años más tarde por su simplismo y sus ecos de retórica totalitaria. En cualquier caso, la película no deja de ser un periplo de referencias bíblicas y religiosas. Por ejemplo, la Estrella de David marcando la casa de Rotwang o situada encima de la cabeza del robot, las catacumbas como lugar para practicar la fe en María (realmente en el cristianismo, con las cruces detrás de ella) o la explotación de mano de obra extranjera esclava para construir la Torre de Babel.

El legado de Metrópolis para el séptimo arte es inabarcable, habiendo establecido la gramática visual de casi todas las ciudades del futuro que han aparecido en la gran pantalla desde entonces. Su estética, una síntesis magistral de Art Déco, futurismo y expresionismo, ha servido de base para las atmósferas de clásicos modernos como Blade Runner, El quinto elemento, Star Wars y Batman. El personaje de la María Robot es el ancestro directo de iconos como C-3PO —cuyo diseño fue una contrapartida masculina explícita del robot de Lang—, los replicantes de Philip K. Dick y los androides de Ex Machina. Pero más allá de lo visual, la obra de Lang fue pionera en explorar temas que hoy son fundamentales en la ciencia ficción, como son el miedo a la tecnología como fuerza deshumanizadora, la inteligencia artificial o la videovigilancia corporativa, anticipándose incluso a herramientas como Zoom o Skype. Filosóficamente, la película dialoga con el concepto de alienación de Marx, el superhombre de Nietzsche y el inconsciente freudiano, utilizando el robot como un "falso mesías" que revela la fragilidad del orden social ante el deseo desenfrenado. Su impacto ha trascendido el cine para impregnar la cultura pop, desde el videoclip "Radio Ga Ga" de Queen y las puestas en escena de Madonna, hasta el glamour tecnológico adoptado por artistas como Beyoncé. Aunque fue un fracaso crítico y comercial en su estreno, siendo calificada por H.G. Wells como "estúpida", Metrópolis ha demostrado una vigencia asombrosa, recordándonos que las esperanzas y temores que proyectamos sobre el mañana —la lucha entre élites y masas, y el papel de la IA— siguen siendo, un siglo después, el núcleo de nuestras obsesiones colectivas.

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