¿Por qué hay que ver las películas de Alfred Hitchcock?
El estilo de Hitchcock se basa, ante todo, en su extraordinaria capacidad para convertir al espectador en partícipe de la historia. Para él, el suspense no consistía simplemente en sorprender, sino en proporcionar al público una información que los personajes desconocen y hacerle esperar, casi con angustia, las consecuencias. Esa concepción del cine convirtió objetos cotidianos, espacios aparentemente inocentes y gestos insignificantes en elementos cargados de amenaza. Pero detrás de su virtuosismo técnico existe también una preocupación constante por la psicología: la culpa, el deseo, la obsesión, la identidad, el voyeurismo, el miedo y la falsa apariencia son algunos de los grandes temas que recorren su obra. Hitchcock estaba particularmente interesado en personajes corrientes que se ven arrastrados hacia situaciones extraordinarias, y en cómo el miedo puede alterar su percepción de la realidad. El resultado es un cine extraordinariamente entretenido, pero también mucho más complejo de lo que su condición de maestro del suspense podría hacer pensar.
Entre su extensa filmografía existen numerosos títulos imprescindibles, aunque tres películas permiten comprender especialmente bien la amplitud de su talento. La ventana indiscreta (Rear Window, 1954) es quizá el ejemplo más perfecto de su dominio del suspense: un fotógrafo inmovilizado en su apartamento observa a sus vecinos y comienza a sospechar que uno de ellos ha cometido un asesinato. A partir de una premisa aparentemente sencilla, Hitchcock construye una reflexión fascinante sobre el voyeurismo y sobre la propia condición del espectador cinematográfico. Vértigo (Vertigo, 1958), por su parte, lleva su interés por la obsesión y la identidad a un terreno mucho más oscuro: la investigación de una mujer aparentemente poseída por el pasado termina convirtiéndose en una historia sobre el deseo, la pérdida y la imposibilidad de recuperar aquello que se ha perdido. Y después está Psicosis (Psycho, 1960), probablemente su película más popular y una de las obras que más profundamente transformaron el cine de terror. Hitchcock toma los códigos del thriller y del terror y los lleva a un territorio inesperado, jugando con las expectativas del público, la identificación con los personajes y la propia estructura narrativa. La célebre escena de la ducha es solo la manifestación más conocida de una película construida alrededor de la incertidumbre, la identidad y la violencia. Psicosis demuestra además que Hitchcock no necesitaba grandes escenarios ni amenazas sobrenaturales para generar miedo: una carretera, un motel y una casa situada en lo alto de una colina son suficientes para crear uno de los universos más inquietantes de la historia del cine.
En definitiva, acercarse a Alfred Hitchcock es acercarse a uno de los grandes arquitectos del lenguaje cinematográfico. Sus películas enseñan a mirar y, sobre todo, enseñan a esperar. Un vaso de leche, una ventana, unas escaleras, una fotografía o una simple puerta pueden adquirir en sus manos una tensión extraordinaria. Hitchcock comprendió que el miedo no surge necesariamente de lo que vemos, sino de lo que imaginamos que puede suceder a continuación. Esa capacidad para controlar la información, manipular nuestras expectativas y convertirnos en cómplices de sus personajes explica que sus películas continúen funcionando décadas después de haber sido realizadas. Para cualquier cinéfilo que quiera comprender cómo el cine puede transformar una historia sencilla en una experiencia de tensión, inquietud y fascinación, Hitchcock no es solamente recomendable, es imprescindible.
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