La Maldición de Lake Manor (2019): estética opresiva
Técnicamente, Roberto De Feo demuestra una sensibilidad visual notable para un debut en el largometraje. El uso de la luz y el color —oscuro, casi monocromático, con acentos tenues que emergen solo como puntuales focos de incertidumbre o ternura— no solo refuerza el tono angustioso de la historia, sino que funciona como una herramienta narrativa que guía al espectador a través de los recovecos psicológicos de los personajes. La fotografía se apoya a menudo en planos fijos largos que permiten que el público contemple la absoluta quietud del encierro, transformando la inmovilidad en una forma de terror sutil. Cada sombra, cada gesto apagado de los personajes se convierte en un elemento de inquietud. Esta quietud no es siempre reconfortante; por el contrario, hace sentir la soledad y la inmovilidad emocional de Samuel (magnífico papel de Justin Korovkin), el joven protagonista confinado a una silla de ruedas, así como la sobreprotección asfixiante de su madre (también magistralmente interpretada por Francesca Cavallin).
Sin embargo, al analizar la cinta desde una perspectiva crítica, también emergen paralelismos con obras previas que le restan cierta frescura conceptual. No es casual que las referencias estéticas y temáticas de Los Otros de Amenábar o El Bosque de Shyamalan nos vengan a la mente al ver la película. La atmósfera gótica, el aislamiento y la tensión contenida evocan estos títulos a nivel visual y narrativo, y aunque De Feo incorpora elementos propios —especialmente al explorar el despertar emocional e iniciático de sus jóvenes protagonistas— la sensación de un eco a películas anteriores es palpable. Este eco no es necesariamente una mala herencia, pero sí delimita las ambiciones innovadoras de la película, situándola más como homenaje que como innovación dentro del género. En cuanto a la construcción narrativa y el desenlace, la obra adopta un ritmo lento y muy personal, que puede resultar admirable para quienes aprecian el terror contemplativo. Sin embargo, también conlleva un riesgo: la historia tarda mucho en revelar sus cartas y, cuando lo hace, el final —pensado para hacer encajar piezas sueltas— no alcanza del todo la brillantez que su atmósfera prometía. La resolución, aunque coherente con la lógica interna del film, disminuye el impacto de ese giro final y deja al espectador más satisfecho por la construcción visual que por la revelación narrativa de la película.En definitiva, La Maldición de Lake Manor (terrible título) es una película lenta, estética y arriesgada, que privilegia el ambiente gótico, la fotografía cuidadosamente modulada y los planos fijos para envolver al espectador en un mundo que parece detenido en el tiempo y en la emoción. Su valor radica, sobre todo, en la intensidad con la que se vive esa atmósfera opresiva y en la forma en que la mansión se convierte en metáfora de encierro emocional. No obstante, la influencia de referentes previos y un desenlace que, si bien cierra la historia, no termina de explotar toda la promesa acumulada, dejan un regusto de lo que pudo haber sido una obra maestra del terror gótico moderno.
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