Sed de Mal (1958): radiografía moral en la frontera
La calidad técnica y expresiva de la filmación es, simplemente, magistral. Welles demuestra un dominio absoluto del espacio a través del uso de planos secuencia y travelings que desafían las limitaciones físicas de la época. El arranque del filme es, con toda justicia, considerado uno de los mejores —si no el mejor— de la historia del cine. Un prodigioso plano secuencia de más de tres minutos que sigue un coche con una bomba temporizada a través de la frontera. Desde ese primer segundo, la tensión se instala en el espectador de forma agónica. Lejos de disiparse tras la explosión, ese suspense se dosifica y se mantiene inalterable, arrastrando al público en una espiral de paranoia y peligro que no da tregua hasta el segundo final del metraje.
El corazón de la película late en la complejidad y el subversivo diseño de sus personajes. El eje moral de la historia recae en Miguel Vargas, encarnado por Charlton Heston. La elección de un mexicano como el baluarte de la justicia y la rectitud resulta sumamente audaz para el Hollywood de los años cincuenta; contradice de forma directa la visión racista y estereotipada de la época, que tendía a encasillar a los ciudadanos no estadounidenses en el rol de villanos o analfabetos. En el extremo opuesto se encuentra el propio Orson Welles en la piel del capitán Hank Quinlan. Más que un simple policía corrupto, Welles construye un perfil psicológico fascinante, trágico y laberíntico. Quinlan es un titán decrépito, un hombre devorado por el alcohol y sus propios demonios que justifica la alteración de pruebas bajo una retorcida intuición. Su caída en desgracia se va desentramando con una crudeza psicológica magistral. Los personajes femeninos también reclaman un espacio propio y brillante. Janet Leigh, en el papel de Susan Vargas, ofrece una interpretación intensa que recuerda al espectador sus enormes dotes dramáticas, atrapada en una subtrama de hostigamiento que anticiparía su icónico papel en Psicosis. Por otra parte, bastan los pocos minutos en los que aparece Marlene Dietrich, interpretando a la misteriosa Tana, para que la pantalla se ilumine con luz propia. Su presencia magnética y sus diálogos lapidarios añaden una capa de melancolía poética al destino de Quinlan. En definitiva, Sed de Mal es una obra imprescindible, un ejercicio de virtuosismo visual y hondura moral que merece, sin lugar a dudas, un puesto de honor entre las diez mejores películas de la historia del cine. Imprescindible.
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