28 años después (2025): la resurrección imposible de un mito agotado
Desde un punto de vista técnico, 28 años después es un producto impecable en su superficie. La dirección de fotografía, a cargo de un operador claramente influido por el trabajo digital y áspero de Anthony Dod Mantle en la primera película, mantiene la estética granulada y el uso de cámaras portátiles, aunque con una claridad visual que traiciona la sensación de inmediatez y peligro que caracterizaba al original. El color, más pulido y menos sucio, convierte el apocalipsis en un espectáculo más estilizado que visceral. El montaje, en cambio, es irregular. En las escenas de acción —que abundan— hay energía y ritmo, pero también confusión y exceso de cortes, un mal endémico del cine post-apocalíptico contemporáneo. El diseño de sonido sí merece reconocimiento: los gruñidos de los infectados, los ecos en los paisajes desolados y el uso de silencios abruptos recrean una atmósfera inquietante. La partitura, firmada por un compositor que evidentemente quiere rendir tributo a la icónica pieza “In the House – In a Heartbeat” de John Murphy, no logra escapar de la sombra de aquel motivo original. Suena como un eco lejano de una emoción que ya no se siente.
El cine de terror y ciencia ficción vive de las reinvenciones. Pero cuando una saga regresa tras dos décadas, tiene dos opciones: o aporta una mirada nueva —como hizo Mad Max: Fury Road— o se limita a repetir la fórmula. 28 años después intenta ambas cosas y fracasa en las dos. Quiere ser más grande, más profunda y más emotiva, pero no logra ser ni una sola de ellas. El guion parece escrito a base de ecos de otras películas: la desesperanza de Children of Men, la estética de The Last of Us, los dilemas éticos de I Am Legend. Pero lo que en aquellas obras era densidad moral y tragedia, aquí es solo superficie. No hay reflexión sobre la fe, ni sobre la transmisión generacional del trauma, ni sobre la culpa. El crucifijo —ese símbolo inicial— era una oportunidad para explorar la idea de que, en un mundo sin Dios, la fe se convierte en un acto de memoria. Pero el film rehúye cualquier ambición filosófica, quedándose en el terreno de lo literal y lo efectista. Incluso como road movie, el film solo brilla a ratos. Las travesías por paisajes desolados tienen potencia visual, pero carecen de emoción. Los personajes avanzan sin rumbo ni destino, y eso, lejos de ser una metáfora del vacío existencial, se siente como un vacío de guion. La falta de un propósito narrativo hace que cada secuencia funcione de manera aislada, pero no como parte de un todo. El espectador sale con la sensación de haber visto una película que prometía profundidad, pero que termina en un vacío. Es un cierre que confunde ambigüedad con indecisión, y deja la historia flotando en la nada.
28 años después demuestra que algunas historias deberían permanecer enterradas. Su factura técnica es impecable, su atmósfera en ocasiones envolvente, y algunos momentos —especialmente en su tramo central de carretera y ruina— recuerdan la grandeza del original. Pero la película carece de una visión coherente, de una voz propia. Es un cadáver cinematográfico animado por la nostalgia, incapaz de justificar su retorno. Y así, el legado de 28 días después queda contaminado por la misma epidemia que sus personajes temen: la de una franquicia que ya no sabe morir.
Comentarios
Publicar un comentario