Nueve días (2020): una delicada reflexión sobre el privilegio de existir

En un panorama cinematográfico donde la ciencia ficción y la fantasía suelen apoyarse en grandes despliegues visuales, 9 días (Nine Days), ópera prima de Edson Oda, sorprende precisamente por el camino contrario. Es una película pequeña, íntima y profundamente humanista que utiliza un punto de partida fantástico para abordar algunas de las preguntas más antiguas de la filosofía: ¿qué significa estar vivo?, ¿qué hace que una vida merezca ser vivida?, ¿cómo se mide el valor de una existencia?

La premisa es de una originalidad brutal. En un lugar apartado de la realidad, un hombre llamado Will recibe a varias almas que aún no han nacido y las somete a una serie de pruebas para decidir cuál de ellas tendrá la oportunidad de vivir como ser humano. A partir de esta idea, que podría haber derivado hacia un relato puramente metafísico, Edson Oda construye una historia de enorme sensibilidad que, sin grandes discursos ni artificios, va desgranando las contradicciones, los miedos, las alegrías y las pequeñas maravillas que conforman la experiencia humana.

Uno de los mayores aciertos de la película es su extraordinaria atmósfera. La fotografía posee una calidez casi onírica, llena de luces suaves y paisajes abiertos que transmiten serenidad y melancolía a partes iguales. A ello se suma una dirección artística fascinante que apuesta deliberadamente por un universo analógico: televisores de tubo, cintas VHS, archivadores repletos de documentos en papel, viejas cámaras de vídeo y objetos cotidianos de otra época. Ese entorno, alejado de cualquier futurismo convencional, dota a la película de una identidad visual muy particular y convierte ese espacio intermedio entre la vida y la no existencia en un lugar sorprendentemente tangible y acogedor.

Las interpretaciones contribuyen decisivamente a que todo funcione. Winston Duke ofrece una interpretación contenida y llena de matices como Will, un personaje aparentemente distante cuya humanidad se revela poco a poco con enorme sutileza. A su lado, Benedict Wong aporta calidez y sabiduría en un papel breve pero fundamental, mientras que Zazie Beetz encarna probablemente el alma de la película. Su personaje irradia curiosidad, optimismo y una forma de entender la existencia que termina impregnando todo el relato con una emoción difícil de olvidar.

Lo admirable de 9 días es que nunca pretende ofrecer respuestas definitivas. En lugar de ello, invita al espectador a contemplar la vida desde una perspectiva completamente distinta, recordándole que incluso el dolor, la incertidumbre o el fracaso forman parte del privilegio de existir. La película encuentra belleza en lo cotidiano y convierte gestos aparentemente insignificantes —una conversación, un paisaje, una canción o una simple taza de café— en argumentos suficientes para celebrar la condición humana.

Quizá esa sencillez sea precisamente su mayor virtud. Sin necesidad de grandes efectos especiales ni de complejas tramas, Edson Oda firma una obra de una sensibilidad extraordinaria, tan poética como profundamente emocional, que permanece en la memoria mucho después de terminar. Una de esas pequeñas joyas casi desconocidas que merecen ser descubiertas y reivindicadas. Un magnífico ejemplo de cómo el cine fantástico puede convertirse en una poderosa herramienta para hablar, con enorme delicadeza, de aquello que nos hace verdaderamente humanos. Imprescindible.

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