El diablo sobre ruedas (1971): el nacimiento de un gran director
Frente a esa presencia monstruosa se sitúa David Mann, interpretado con enorme naturalidad por Dennis Weaver. No es un héroe de acción, ni un policía, ni un aventurero. Es un ciudadano cualquiera atrapado en una situación extraordinaria. Esa elección resulta fundamental porque convierte el miedo en una experiencia universal. Cualquiera podría ocupar su lugar. Todos hemos conducido por una carretera solitaria; todos hemos sentido alguna vez la inquietud de un vehículo demasiado agresivo circulando detrás de nosotros. Spielberg transforma una experiencia cotidiana en una pesadilla perfectamente reconocible.
Uno de los grandes aciertos de la película es la utilización de la voz en off del protagonista. Lejos de resultar un recurso explicativo, permite al espectador penetrar en su mente y compartir el progresivo deterioro psicológico que provoca la persecución. Escuchamos sus dudas, sus intentos de racionalizar lo que está ocurriendo, su incredulidad y, finalmente, su desesperación. La amenaza no solo persigue su automóvil; invade también su pensamiento, convirtiendo el viaje físico en un descenso a la ansiedad y al miedo.El diablo sobre ruedas funciona como una extraordinaria road movie, pero también como una parábola sobre la vulnerabilidad del individuo contemporáneo. La inmensidad del paisaje, lejos de representar libertad, se convierte en un espacio hostil donde el protagonista queda completamente aislado. No hay autoridades capaces de ayudarle, no existen normas que frenen la violencia irracional. Solo permanece la carretera interminable y ese enemigo que aparece una y otra vez, como si respondiera a una lógica demoníaca. Lo verdaderamente admirable es la precisión con la que Spielberg dirige cada secuencia. Desde esta primera obra ya demuestra un dominio absoluto del ritmo, del montaje y de la construcción del espacio cinematográfico. Cada adelantamiento, cada curva y cada aparición del camión incrementan la tensión de manera casi matemática. No sobra un plano. No existe artificio gratuito. Todo está orientado a mantener al espectador en un estado permanente de inquietud.
Vista hoy, más de medio siglo después de su estreno, la película conserva intacta toda su fuerza. Apenas necesita efectos especiales, grandes decorados o elaboradas explicaciones. Su eficacia nace exclusivamente del lenguaje cinematográfico, de la buena planificación, del acertado movimiento de cámara, del sonido acompasando la acción y de la capacidad de sugerir más que de mostrar. Es una lección magistral de cómo el cine puede construir suspense utilizando únicamente el espacio, el tiempo y el punto de vista.
Resulta inevitable reconocer en El diablo sobre ruedas el germen del Spielberg que más tarde deslumbraría al mundo. Ya están presentes su extraordinario sentido de la puesta en escena, su habilidad para convertir lo cotidiano en extraordinario y su talento para hacer que el espectador participe emocionalmente de cada situación. Pero aquí todo aparece en estado puro, libre todavía de la grandilocuencia que en ocasiones marcaría parte de su filmografía posterior. Hay óperas primas prometedoras y hay óperas primas que anuncian el nacimiento de un gran autor. El diablo sobre ruedas pertenece sin discusión a esta segunda categoría. Es una película sencilla solo en apariencia, impecable en su ejecución y extraordinaria en su capacidad para convertir una carretera perdida y un viejo camión en una de las persecuciones más memorables de la historia del cine. Medio siglo después sigue recordándonos que, a veces, el verdadero talento consiste precisamente en hacer mucho con muy poco.
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