El diablo sobre ruedas (1971): el nacimiento de un gran director

El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) representa la irrupción de un cineasta con una personalidad desbordante, capaz de transformar un argumento aparentemente insignificante en una experiencia cinematográfica inolvidable. La premisa no puede ser más sencilla. Un hombre corriente, al volante de un automóvil corriente, emprende un viaje cualquiera por las carreteras del desierto californiano. En el trayecto se cruza con un gigantesco camión cuyo conductor permanece invisible durante toda la película. A partir de ese instante, la normalidad se convierte en una persecución implacable donde el protagonista ya no lucha contra otro conductor, sino contra una fuerza irracional, casi sobrenatural, una encarnación del mal sin rostro ni motivación. Es precisamente esa sencillez la que convierte la película en una obra maestra del suspense. Spielberg comprende desde su primer largometraje que el miedo funciona mejor cuando permanece incompleto. Nunca vemos al camionero; apenas intuimos unas botas, un brazo apoyado en la ventanilla, una presencia. El monstruo no necesita un rostro porque el verdadero enemigo es la amenaza constante, la incertidumbre de no saber cuándo volverá a aparecer ese enorme camión oxidado que parece surgir del horizonte como un depredador. Su humo y su óxido, le hace parece un leviatán recién salido del infierno, un monstruo del horror cósmico lovecraftiano. Y a esa irracionalidad se enfrenta nuestro protagonista, interpretado magníficamente por el actor Dennis Weaver.

El vehículo, es monstruo, deja de ser una simple máquina para convertirse en un personaje vivo. Su rugido mecánico, su aspecto envejecido y su tamaño desproporcionado le confieren una personalidad propia. No es un medio de transporte, sino una criatura de acero cuya voluntad parece independiente de cualquier ser humano. Spielberg consigue que un camión transmita más terror que muchos asesinos del cine de género, anticipando una de las constantes de toda su filmografía, su capacidad de dotar de vida cinematográfica a aquello que, en principio, carece de ella.

Frente a esa presencia monstruosa se sitúa David Mann, interpretado con enorme naturalidad por Dennis Weaver. No es un héroe de acción, ni un policía, ni un aventurero. Es un ciudadano cualquiera atrapado en una situación extraordinaria. Esa elección resulta fundamental porque convierte el miedo en una experiencia universal. Cualquiera podría ocupar su lugar. Todos hemos conducido por una carretera solitaria; todos hemos sentido alguna vez la inquietud de un vehículo demasiado agresivo circulando detrás de nosotros. Spielberg transforma una experiencia cotidiana en una pesadilla perfectamente reconocible.

Uno de los grandes aciertos de la película es la utilización de la voz en off del protagonista. Lejos de resultar un recurso explicativo, permite al espectador penetrar en su mente y compartir el progresivo deterioro psicológico que provoca la persecución. Escuchamos sus dudas, sus intentos de racionalizar lo que está ocurriendo, su incredulidad y, finalmente, su desesperación. La amenaza no solo persigue su automóvil; invade también su pensamiento, convirtiendo el viaje físico en un descenso a la ansiedad y al miedo.

El diablo sobre ruedas funciona como una extraordinaria road movie, pero también como una parábola sobre la vulnerabilidad del individuo contemporáneo. La inmensidad del paisaje, lejos de representar libertad, se convierte en un espacio hostil donde el protagonista queda completamente aislado. No hay autoridades capaces de ayudarle, no existen normas que frenen la violencia irracional. Solo permanece la carretera interminable y ese enemigo que aparece una y otra vez, como si respondiera a una lógica demoníaca. Lo verdaderamente admirable es la precisión con la que Spielberg dirige cada secuencia. Desde esta primera obra ya demuestra un dominio absoluto del ritmo, del montaje y de la construcción del espacio cinematográfico. Cada adelantamiento, cada curva y cada aparición del camión incrementan la tensión de manera casi matemática. No sobra un plano. No existe artificio gratuito. Todo está orientado a mantener al espectador en un estado permanente de inquietud.

Vista hoy, más de medio siglo después de su estreno, la película conserva intacta toda su fuerza. Apenas necesita efectos especiales, grandes decorados o elaboradas explicaciones. Su eficacia nace exclusivamente del lenguaje cinematográfico, de la buena planificación, del acertado movimiento de cámara, del sonido acompasando la acción y de la capacidad de sugerir más que de mostrar. Es una lección magistral de cómo el cine puede construir suspense utilizando únicamente el espacio, el tiempo y el punto de vista.

Resulta inevitable reconocer en El diablo sobre ruedas el germen del Spielberg que más tarde deslumbraría al mundo. Ya están presentes su extraordinario sentido de la puesta en escena, su habilidad para convertir lo cotidiano en extraordinario y su talento para hacer que el espectador participe emocionalmente de cada situación. Pero aquí todo aparece en estado puro, libre todavía de la grandilocuencia que en ocasiones marcaría parte de su filmografía posterior. Hay óperas primas prometedoras y hay óperas primas que anuncian el nacimiento de un gran autor. El diablo sobre ruedas pertenece sin discusión a esta segunda categoría. Es una película sencilla solo en apariencia, impecable en su ejecución y extraordinaria en su capacidad para convertir una carretera perdida y un viejo camión en una de las persecuciones más memorables de la historia del cine. Medio siglo después sigue recordándonos que, a veces, el verdadero talento consiste precisamente en hacer mucho con muy poco.

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