Hay directores cuya filmografía obliga a mirar cada estreno con una mezcla de curiosidad y respeto. Steven Spielberg pertenece a esa categoría privilegiada ya que ha sido un cineasta capaz de reinventar el cine de aventuras, de emocionar con historias íntimas y de convertir lo extraordinario en profundamente humano. Precisamente por ello, cuando una de sus películas fracasa, la decepción resulta proporcional a las expectativas.
El día de la revelación no es una mala película en términos absolutos, pero sí una obra sorprendentemente menor para un autor que ha demostrado durante décadas una capacidad muy superior para construir relatos complejos y memorables. El principal problema de la película reside en su propio planteamiento. Spielberg articula la narración alrededor de un misterio que el espectador identifica prácticamente desde los primeros compases. Sin embargo, el guion insiste en prolongar artificialmente el secreto durante buena parte del metraje, como si el mero hecho de ocultar información generara tensión dramática. No lo hace. Al contrario, produce una sensación constante de dilación, de estar asistiendo a una partida demasiado larga, cuyo desenlace ya se conoce, mientras la película continúa actuando como si estuviera sorprendiendo al público. Esa estrategia quizá hubiera funcionado hace tres o cuatro décadas. Durante los años noventa, cuando el fenómeno
Expediente X alimentaba el imaginario colectivo y la cultura popular encontraba en los extraterrestres humanoides una fuente inagotable de fascinación, este tipo de relato poseía una capacidad de seducción mucho mayor. Existía un contexto cultural en el que la idea de los "hombrecitos verdes" seguía siendo una hipótesis sugerente, un territorio fértil para la especulación y el misterio. Sin embargo, el panorama ha cambiado radicalmente. El propio desarrollo de la astrobiología, junto con décadas de reflexión científica sobre las posibles formas de vida extraterrestre, ha desplazado el debate hacia escenarios mucho más complejos y menos antropocéntricos. Hoy cuesta aceptar como propuesta inquietante una representación tan convencional de la inteligencia alienígena. La película parece dialogar con los miedos y las fantasías de otra época sin actualizar realmente su imaginario, como si hubiera permanecido congelada en un paradigma narrativo de finales del siglo XX. Esta película estrenada hace 40 años hubiera sido un bombazo.

A esta sensación de anacronismo se suma un desarrollo dramático excesivamente enfático. E
l día de la revelación convierte prácticamente cada escena en una proclamación trascendental. Todo parece revestido de una importancia cósmica, cada diálogo aspira a convertirse en una gran declaración sobre la humanidad y cada giro argumental pretende adquirir dimensiones casi bíblicas. De hecho, el cartel anunciador muestra a la protagonista como una especie de Virgen María, dándole un carácter mesiánico al film. En definitiva, un tostón muy cargante. El resultado es una acumulación de grandilocuencia que termina provocando un cansancio infinito.
Los personajes tampoco ayudan a sostener ese discurso. Están construidos desde un maniqueísmo sorprendentemente simple, especialmente tratándose de un cineasta que en numerosas ocasiones ha sabido explorar las contradicciones morales de sus protagonistas. Aquí predominan las figuras ejemplares frente a los antagonistas previsibles, las convicciones absolutas frente a los matices, reduciendo el conflicto dramático a una confrontación demasiado elemental. Lo más llamativo es que todos estos problemas proceden precisamente de un director que ha demostrado en numerosas ocasiones saber evitarlos. En Encuentros en la tercera fase, ET o incluso en La guerra de los mundos, lo verdaderamente importante nunca eran los extraterrestres o la invasión, sino la experiencia emocional de quienes convivían con lo imposible. En El día de la revelación, en cambio, no consigue ese objetivo.

Quizá el mayor pecado de la película no sea su falta de originalidad, sino su ausencia de riesgo. Resulta paradójico que un cineasta cuya carrera ha consistido en redefinir géneros enteros termine ofreciendo una propuesta que parece confeccionada a partir de fórmulas ya conocidas, sin aportar una mirada especialmente novedosa sobre un tema tan explorado como el contacto con inteligencias extraterrestres.
No todas las películas de un gran director tienen que convertirse en obras maestras. Incluso las trayectorias más brillantes conocen inevitables altibajos. Sin embargo, El día de la revelación deja la sensación de una oportunidad desaprovechada. Se trata de una historia que llega con décadas de retraso respecto al imaginario que intenta despertar, narrada con un exceso de solemnidad y poblada por personajes incapaces de escapar de los lugares comunes. Quizá cualquier otro realizador habría firmado una película simplemente correcta. El problema es que no hablamos de cualquier director, sino de Steven Spielberg. Y cuando uno de los grandes nombres de la historia del cine entrega una obra tan convencional, tan previsible y tan poco inspirada, la decepción resulta inevitable. No porque la película sea un desastre, sino porque desmerece el talento de quien la dirige y recuerda que incluso los maestros pueden acabar repitiendo fórmulas que ellos mismos contribuyeron a convertir en clásicas. Una jubilación a tiempo siempre es mejor.
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