Sin piedad (2026): la IA y sus excesos
Lo más atractivo de Mercy se encuentra precisamente en esa premisa, bastante original y con enormes posibilidades para la reflexión. La película imagina un mundo en el que la justicia ha dejado de depender de jueces, abogados y jurados humanos para confiarse a una inteligencia artificial capaz de acceder prácticamente a cualquier rastro digital de una persona. Cámaras, teléfonos, comunicaciones y bases de datos se convierten así en piezas de un gigantesco mecanismo de vigilancia que pretende alcanzar una objetividad absoluta. Y ahí reside la principal virtud de la película: mostrar que la tecnología que promete protegernos puede convertirse también en una herramienta extraordinariamente poderosa para limitar nuestras libertades. El problema no es solamente que una máquina pueda equivocarse, sino que los seres humanos estén dispuestos a concederle una autoridad casi ilimitada sobre sus vidas. La intimidad desaparece cuando cualquier conversación, desplazamiento o error personal puede transformarse en una prueba; y la presunción de inocencia queda sustituida por porcentajes, probabilidades y patrones estadísticos. En ese sentido, Mercy conecta con una preocupación muy actual: nuestra creciente dependencia de sistemas tecnológicos que prometen ser más rápidos, eficientes y objetivos que las personas, pero que pueden amplificar los prejuicios, errores o abusos presentes en los datos que manejan. La película resulta especialmente interesante cuando plantea, aunque no siempre profundiza lo suficiente, si puede existir una verdadera justicia cuando se elimina precisamente aquello que permite interpretar las circunstancias de forma humana. La experiencia, la intuición, el contexto y la capacidad de comprender al ser humano no pueden ser comprendidas por la IA.
Sin embargo, las virtudes del planteamiento terminan chocando con una resolución bastante más problemática. A medida que avanza la investigación, la película va acumulando giros, explicaciones y revelaciones hasta construir un desenlace demasiado liado y complejo, en el que algunas piezas parecen encajar más por conveniencia del guion que por una lógica completamente convincente. El sistema judicial que presenta Mercy resulta ya de por sí difícil de aceptar desde una perspectiva realista, y algunas de las situaciones que se producen durante el juicio hacen que la credibilidad se resienta todavía más. También existe cierta contradicción entre la extraordinaria sofisticación tecnológica que se atribuye al sistema y determinadas decisiones o comportamientos que parecen poco coherentes con esa supuesta precisión. Incluso algunas de las ideas más sugerentes sobre inteligencia artificial, libertad y justicia quedan finalmente subordinadas a la necesidad de proporcionar un thriller lleno de sorpresas. Aun así, Mercy merece cierta consideración precisamente porque parte de una pregunta muy potente y reconocible: ¿qué sucedería si entregásemos a una tecnología aparentemente infalible el poder de decidir sobre nuestras vidas?
Quizá la película no consiga desarrollar todas las posibilidades de esa pregunta con la profundidad deseable, y su último tramo resulte excesivamente enrevesado, pero deja tras de sí una inquietud bastante más interesante que la de un simple thriller futurista: la posibilidad de que, en nombre de la seguridad y la eficiencia, acabemos aceptando voluntariamente un sistema de control del que después resulte imposible escapar.
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