El acorazado Potemkin (1925): 100 años de un mito del montaje cinematográfico

El acorazado Potemkin (Bronenosets Potyomkin, 1925), dirigida por Serguéi M. Eisenstein, cumplió en 2025 cien años desde su estreno, y pocas películas pueden presumir de una influencia tan decisiva y duradera en la historia del cine. Producida por el estudio estatal soviético Goskino para conmemorar el vigésimo aniversario de la revolución fallida de 1905, la película es muda, en blanco y negro, y tiene una duración aproximada de 75 minutos, dependiendo de la versión. Eisenstein, que entonces tenía apenas 27 años, concibió la obra no como un relato psicológico tradicional, sino como un experimento radical de montaje y de puesta en escena colectiva. En El acorazado Potemkin no hay un protagonista individual claro, sino una masa: los marineros, el pueblo oprimido, la multitud. Este enfoque, unido a una estructura dividida en cinco actos claramente diferenciados, supuso una ruptura con el cine narrativo clásico que dominaba en Occidente y sentó las bases de una nueva forma de entender el lenguaje cinematográfico.

La gran aportación de El acorazado Potemkin al cine reside, sin duda, en su revolución del montaje. Eisenstein desarrolló aquí su teoría del “montaje de atracciones”, basada en la idea de que el choque entre planos —más que la continuidad narrativa— genera una reacción emocional e intelectual en el espectador. La célebre secuencia de las escaleras de Odesa es el ejemplo más citado y estudiado: una sucesión rítmica de planos breves, primeros planos, planos generales y detalles simbólicos (el cochecito del bebé, los soldados bajando de forma mecánica, los rostros aterrorizados) que construyen una sensación de violencia, caos y tragedia mucho más intensa de lo que mostraría una representación realista y continua. Esta escena, que dura apenas unos minutos, se convirtió en un manual práctico de montaje para generaciones de cineastas y teóricos. No obstante, con el paso del tiempo también ha sido objeto de debate: su carácter propagandístico, su manipulación emocional evidente y su simplificación maniquea de los hechos históricos han llevado a algunos críticos a considerar que la película ha sido sobrevalorada en ciertos aspectos, especialmente cuando se la juzga desde parámetros narrativos o psicológicos más modernos. Aun así, incluso quienes cuestionan su valor dramático suelen reconocer su importancia técnica y conceptual como piedra angular del cine moderno.

El impacto de El acorazado Potemkin se extiende mucho más allá de su contexto histórico original y puede rastrearse en innumerables homenajes, citas y reinterpretaciones a lo largo del siglo XX y XXI. Uno de los ejemplos más conocidos es la escena de la estación en Los intocables de Eliot Ness (1987), de Brian De Palma, donde el descenso del cochecito por las escaleras funciona como un claro guiño a Odesa, reinterpretado dentro del cine de acción contemporáneo. También directores como Alfred Hitchcock, Orson Welles, Francis Ford Coppola, Stanley Kubrick o incluso George Lucas reconocieron la influencia de Eisenstein en su manera de concebir el montaje y la narración visual. Existen, además, múltiples curiosidades en torno a la película: fue prohibida o censurada durante años en varios países occidentales por su contenido revolucionario; su música ha cambiado con el tiempo, desde partituras soviéticas originales hasta composiciones posteriores de autores como Edmund Meisel o Dmitri Shostakóvich; y algunas de sus escenas más icónicas no tienen una correspondencia directa con los hechos históricos reales, lo que refuerza su carácter simbólico antes que documental. A cien años de su estreno, El acorazado Potemkin sigue siendo una obra viva: discutida, reinterpretada y revisada constantemente. Puede que hoy no conmueva al espectador medio como lo hizo en 1925, y que su mensaje ideológico resulte evidente o incluso ingenuo, pero su legado técnico y artístico permanece intacto. Más que una película “agradable” o “entretenida” en el sentido clásico, es un hito fundacional, un recordatorio de que el cine es también un lenguaje en evolución y de que, en manos de un autor radical, puede cambiar para siempre la manera en que vemos y entendemos las imágenes.



Comentarios

Entradas populares