El crimen de Georgetown (Georgetown, 2019): lo poco gusta, lo mucho cansa
El argumento gira en torno a un personaje real conocido por su capacidad para tejer relaciones sociales con la alta sociedad, presentándose como alguien influyente, culto y bien relacionado, aunque en realidad su vida se sostiene sobre medias verdades y una constante impostura. La historia comienza mostrando su matrimonio con una mujer mayor y adinerada, lo que le permite acceder a un estatus social que no le corresponde del todo. A partir de ahí, la película va introduciendo una serie de tensiones, sospechas y pequeños detalles que apuntan a que no todo es lo que parece, tanto en la vida pública del protagonista como en su ámbito privado. Sin necesidad de desvelar giros clave de la trama, basta decir que el relato se adentra progresivamente en el terreno del crimen y la investigación, explorando cómo una fachada cuidadosamente construida puede derrumbarse de forma abrupta cuando la realidad irrumpe con violencia.
Sin embargo, uno de los principales problemas de la película es que tarda demasiado en decidir qué tipo de historia quiere contar. Durante buena parte de su metraje inicial, El crimen de Georgetown adopta un tono ligero, casi irónico, que roza en ocasiones la comedia de modales. El protagonista se mueve con desenvoltura por cenas elegantes, conversaciones ingeniosas y situaciones en las que su descaro resulta, si no simpático, al menos llamativo. Esta aproximación puede resultar engañosa para el espectador, que podría esperar una sátira social o incluso una comedia negra, cuando en realidad se encuentra ante una película policiaca basada en un suceso real bastante oscuro. Ese desajuste tonal termina pasando factura, ya que cuando el filme intenta volverse más serio y sombrío, el cambio no resulta nada creíble.Gran parte de esta sensación de desequilibrio tiene que ver con la presencia constante del personaje principal, interpretado por el propio Waltz. El actor, conocido por su enorme carisma y su particular manera de interpretar los diálogos, parece aquí caer en una especie de exceso interpretativo. O tal vez sea, que el actor es bueno para papeles cortos, pero muchos minutos de él en pantalla terminan por agotar al espectador. Su personaje habla mucho, gesticula constantemente y ocupa casi cada plano con una energía que, lejos de resultar magnética, termina siendo agotadora. En ese sentido, se parece a Jack Nicholson. En una película en la que prácticamente todo gira en torno a él, este enfoque interpretativo provoca que el espectador sienta cierto cansancio a medida que avanza el metraje. Lo que en dosis moderadas puede ser encanto o personalidad, aquí se transforma en una presencia demasiado cargante, que impide que la historia respire y que otros personajes adquieran mayor profundidad. Este problema se ve agravado por el hecho de que Waltz no solo actúa, sino que también dirige. Da la impresión de que, como director novel, no ha sabido poner límites a su propia interpretación, ni ha encontrado la distancia necesaria para modular su personaje. El resultado es una película excesivamente centrada en su protagonista, que insiste una y otra vez en sus manías, su verborrea y su necesidad de llamar la atención, sin aportar siempre nuevos matices. En lugar de construir una progresión psicológica clara, el personaje parece estancado en una misma nota durante gran parte del film, lo que contribuye a la sensación de pesadez.Por otro lado, la estructura narrativa tampoco termina de encajar del todo. Aunque la historia real en la que se basa la película es lo suficientemente potente como para sostener un thriller sólido, el guion parece dispersarse en subtramas y situaciones que no siempre aportan claridad al conjunto. Hay momentos en los que el relato avanza con fluidez, pero también otros en los que se detiene en escenas reiterativas o poco significativas. Esta irregularidad hace que el espectador tenga la sensación de que la película no acaba de encontrar su centro, oscilando entre el retrato de un personaje extravagante y la reconstrucción de un crimen que debería ser el eje del relato. En este contexto, destaca con luz propia la magnífica actuación de Vanessa Redgrave. La veterana actriz británica aporta una contención y una verdad emocional que contrastan de forma evidente con el histrionismo del protagonista. Su personaje, lejos de ser un simple secundario, se convierte en uno de los pilares morales y dramáticos de la película. Redgrave consigue transmitir fragilidad, dignidad y una profunda humanidad con gestos mínimos, demostrando una vez más por qué es una de las grandes actrices de su generación. Cada una de sus apariciones eleva el nivel del film y ofrece al espectador un respiro frente al exceso que domina otras partes de la película. También es significativo que sea precisamente su interpretación la que ancla la historia a una emoción más genuina, haciendo creíble el trasfondo trágico de los hechos. Mientras otros personajes quedan desdibujados o atrapados en clichés, Redgrave logra dotar al suyo de una complejidad que invita a la empatía y a la reflexión. En ese sentido, su presencia es uno de los grandes aciertos de la película y, probablemente, el principal motivo por el que El crimen de Georgetown logra mantenerse a flote.A pesar de todos sus problemas, hay que reconocer que la cinta tiene la virtud de no alargarse innecesariamente. Su duración contenida juega a su favor, ya que evita que la sensación de pesadez se vuelva insoportable. Aunque el protagonista resulte cargante y la historia no termine de cuadrar del todo, la película se deja ver hasta el final sin caer en el tedio absoluto. En cierto modo, uno tiene la impresión de estar ante una obra fallida pero no del todo desastrosa, una película que apunta a algo interesante pero que no acaba de materializarlo.En conclusión, El crimen de Georgetown es una ópera prima irregular, marcada por el exceso de protagonismo de su director y actor principal y por una indefinición tonal que lastra su eficacia como película policiaca. Su mayor virtud reside en la actuación de Vanessa Redgrave y en el interés intrínseco de la historia real que adapta. Por fortuna, su metraje ajustado permite llegar al desenlace sin demasiada fatiga, dejando una sensación agridulce: la de una película que podría haber sido mucho más si hubiera sabido contener a su protagonista y afinar mejor su enfoque narrativo.
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