Así en la Tierra como en el infierno (2014): no es bueno mezclar

Así en la Tierra como en el infierno (As Above, So Below) es una película estadounidense de terror estrenada en 2014, dirigida por John Erick Dowdle y escrita por el propio director junto a Drew Dowdle. Con una duración de 93 minutos y protagonizada por Perdita Weeks, Ben Feldman y Edwin Hodge, la película utiliza el recurso del found footage para acompañar a un grupo de exploradores por las catacumbas de París en busca de la legendaria piedra filosofal de Nicolas Flamel. El planteamiento mezcla aventura arqueológica, misterio y terror sobrenatural, con una clara intención de recuperar el espíritu de las películas de exploradores y aventureros al estilo de Indiana Jones, pero trasladándolo a un escenario mucho más claustrofóbico y siniestro. Además, la película fue rodada en las propias catacumbas de París, un elemento que sobre el papel debería haber constituido una ventaja enorme para crear una atmósfera auténticamente inquietante. El problema es que la película pretende ser al mismo tiempo aventura, found footage, terror psicológico, ocultismo y descenso a los infiernos, y esa acumulación de ingredientes termina resultando mucho más confusa que estimulante.

Porque, en realidad, la idea de partida es bastante buena, incluso brillante si se mira desde una perspectiva lovecraftiana. Un grupo de personas se introduce en un laberinto subterráneo que parece escapar progresivamente a las leyes normales de la realidad, mientras los personajes se enfrentan a sus propios miedos, culpas y traumas. Las catacumbas se convierten así en una especie de descenso al subconsciente y, finalmente, en una representación física del infierno. El título, inspirado en la tradición hermética de la Tabla Esmeralda, resume precisamente esa intención de establecer una correspondencia entre el mundo de arriba y el mundo de abajo. Sobre el papel, hay material de sobra para construir un terror cósmico sugerente, opresivo y verdaderamente perturbador. El problema es que el desarrollo resulta lamentable. Lo que podría haber sido una aventura arqueológica oscura y fascinante acaba pareciendo una especie de Indiana Jones de saldo mezclado con terror lovecraftiano de mercadillo. Los diálogos son poco naturales y, en ocasiones, directamente ridículos; las interpretaciones tampoco ayudan, y la utilización de la cámara en mano termina convirtiéndose más en un recurso para ocultar las deficiencias de la puesta en escena que en una auténtica herramienta narrativa. La película intenta constantemente sorprender al espectador mediante apariciones, pasadizos imposibles, criaturas, cambios de espacio y situaciones inexplicables, pero apenas se preocupa por construir una lógica interna convincente. Cada vez que parece que los personajes están atrapados en una situación de la que resulta imposible salir, aparece una nueva solución improvisada que permite continuar la historia. Es un deus ex machina constante, hasta el punto de que la sensación de peligro termina desapareciendo: si el guion necesita que algo ocurra para que los protagonistas sigan avanzando, simplemente ocurre.

Y ahí está precisamente el gran problema de Así en la Tierra como en el infierno: confunde misterio con falta de explicación y terror con acumulación de acontecimientos. Una película de inspiración lovecraftiana no necesita explicarlo todo, pero sí necesita transmitir la sensación de que detrás de lo inexplicable existe una lógica, una amenaza o una realidad que el espectador apenas puede comprender. Aquí ocurre lo contrario, cuanto más avanza la historia, más evidente resulta que los acontecimientos están diseñados para producir el siguiente sobresalto. El descenso a los infiernos podría haber servido para explorar de forma inquietante la culpa, la muerte, la obsesión y los límites de la razón, pero esas posibilidades quedan enterradas bajo un guion demasiado aparatoso y una realización que rara vez consigue crear verdadera tensión. Incluso el recurso del found footage, que podría haber aprovechado extraordinariamente bien la oscuridad, la estrechez y la profundidad de las catacumbas, termina provocando una puesta en escena confusa y visualmente poco satisfactoria. No deja de ser irónico que una película rodada en un escenario tan extraordinario consiga resultar tan poco atmosférica. Su premisa merece bastante más respeto que su ejecución: hay aquí una estupenda idea de terror lovecraftiano, pero convertida en una sucesión de diálogos malos, interpretaciones flojas, sustos previsibles y soluciones imposibles. Una oportunidad desperdiciada que, salvo para los aficionados más indulgentes al found footage, es probablemente una película para olvidar.

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