Destino Titán (2024): no es bueno que el hombre esté solo

En un panorama de ciencia ficción reciente que oscila entre lo espectacularmente ruidoso y lo introspectivamente minimalista, Destino Titán (Slingshot, 2024) se sitúa en un punto intermedio poco transitado: una obra que combina tensión psicológica, reflexión existencial y un tono de thriller espacial que se va revelando capa a capa. Bajo la dirección del sueco Mikael Håfström —cineasta de trayectoria irregular pero siempre dispuesto a explorar atmósferas opresivas— y con guion de Nathan Parker (el mismo responsable de la notable Moon, 2009), la película propone un viaje que se inicia como un drama tripulado convencional y termina derivando hacia un terreno más inquietante, incluso metafísico.

El guion de Parker es, sin duda, una de las grandes virtudes del film. Su escritura se caracteriza por una estructura que siembra dudas constantemente: personajes que parecen esconder algo, decisiones que resultan chocantes —como la presencia de un arma de fuego en una misión científica a Titán— y progresión dramática que se presta más al misterio psicológico que a la aventura espacial. Pero donde Parker destaca especialmente es en su capacidad para utilizar esos mismos elementos disonantes para tejer una narrativa que adquiere pleno sentido solo en su tramo final. Lo que inicialmente parece un conjunto de decisiones argumentales poco verosímiles o sencillamente arbitrarias, se revela —en retrospectiva— como parte esencial de la lógica interna del relato. Esa construcción escalonada, casi engañosa, evoca no solo el espíritu de Moon, sino también el tipo de ciencia ficción que prioriza la subjetividad del protagonista sobre la fidelidad científica, acercándose más a la tradición de Solaris que a la de Interstellar.

En este contexto, la labor de Casey Affleck como protagonista resulta un componente clave para el impacto del film, aunque no siempre por las razones más positivas. En sus primeros compases, Affleck ofrece una interpretación demasiado parca, casi inexpresiva, que puede desconectar al espectador en busca de una figura emocional a la que aferrarse. Esa inexpresividad parece, por momentos, una marca de fábrica familiar, aunque aquí no juega inicialmente a favor de la historia. La evolución psicológica del personaje se resiente porque la película exige ver fisuras internas desde el primer momento, y Affleck tarda en mostrarlas. Sin embargo, y esto es importante, el actor remonta significativamente en los últimos treinta minutos. A medida que la película entra en su fase más introspectiva y el protagonista comienza a enfrentarse a la desestabilización mental y física provocada por la misión, Affleck encuentra finalmente el tono: una mezcla de vulnerabilidad, confusión y angustia que sirve de catalizador emocional para el clímax. Ese último acto se convierte así en el espacio donde su interpretación adquiere densidad y finalmente encaja con la narrativa construida por Parker y Håfström.

La puesta en escena de Håfström merece mención aparte. Aunque el director no siempre se ha caracterizado por un estilo particularmente reconocible, aquí despliega una atmósfera fría y claustrofóbica que favorece la inmersión. Las secuencias dentro de la nave destacan por una fotografía que enfatiza la estrechez, el aislamiento y la progresiva distorsión perceptiva del protagonista. No se trata de un film que apueste por efectos visuales espectaculares, sino por una estética contenida que recuerda a la ciencia ficción de los setenta y principios de los ochenta, donde lo importante no era el espacio exterior sino el interior: el de la mente. La influencia de Solaris —especialmente de la versión de Tarkovski— es evidente en la forma en que la película va contaminando la realidad del personaje con elementos que podrían pertenecer tanto al entorno físico como a su psiquismo.

En cuanto al desarrollo narrativo, Destino Titán juega constantemente con la percepción del espectador. Los “aspectos chocantes” que aparecen de vez en cuando no son fallos de coherencia sino parte del mecanismo central del relato. La pistola en la misión es quizá el ejemplo más claro: un detalle aparentemente absurdo que, sin embargo, adquiere pleno sentido hacia el desenlace, cuando el film revela la verdadera naturaleza de su conflicto y la dimensión psicológica que impregna la historia completa. Esa estrategia narrativa no solo genera intriga sino que obliga al espectador a reevaluar todo lo visto hasta ese punto, otorgando a la película una segunda lectura particularmente jugosa. El resultado es una obra que se inscribe con naturalidad en la tradición de la ciencia ficción espacial más reflexiva. No alcanza la brillantez conceptual de Moon, pero comparte con ella la ambición de construir su drama en torno a dilemas existenciales y distorsiones de la identidad. También recoge ecos de Solaris en su aproximación a la subjetividad, así como una sombra leve —pero perceptible— de Destino Final en su forma de sugerir que hay fuerzas invisibles o inevitables empujando a los personajes hacia su destino. Esa mezcla, que podría haber resultado disonante, funciona sorprendentemente bien gracias a que Parker y Håfström saben mantener el tono y la tensión sin caer en excesos.

En definitiva, Destino Titán es una película muy recomendable para quienes buscan ciencia ficción que no se limite a la espectacularidad tecnológica, sino que se adentre en la psicología de sus personajes y en los recovecos ambiguos de la percepción humana. Es un film imperfecto —especialmente en algunos momentos de actuación y en la tensión narrativa inicial—, pero también una obra notable por su atmósfera, por la solidez de su guion y por la forma en que logra cerrar el círculo de su misterio con coherencia y un deje poético. Una pieza más que respetable dentro del género, que bebe de grandes referencias y a la vez propone su propio camino.

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